“FARONI ES LA BRISA MÁGICA DE UN IDEAL DE ORO” (Página 209 del libro Juegos de la Edad Tardía. Luis Landero. 1ª Edición 1989)

Texto original del Ensayo de JESUS ALONSO para la Cátedra del CírculoJesus Alonso, Luis Landro, Miguel Angel

 

 

 

Miguel Angel “Cuadri”, Jesús Alonso y Luis Landero.

“ELOGIO Y DEFINICION DE LA IMPOSTURA” por  JESUS ALONSO

A Julio Ramón Ribeyro por tanto cuento.

La vida no es un milagro;… eso para empezar.

Los últimos avances científicos reconcilian las experiencias cotidianas con las teorías físicas al demostrar que los procesos complejos e irreversibles (y la vida es uno de ellos) no son la excepción sino la regla. La vida (proceso de autoorganización, formación espontánea de estructuras ordenadas y complejas a partir de fluctuaciones y cambios en el ambiente) es un fenómeno físicamente inevitable que camina sin remedio hacia su diversificación. La vida en la Tierra se inició cuando un agregado de materia orgánica fue capaz de autorreplicarse; la diversificación, cuando en ese proceso de autorreplicación se produjo un cambio.

Los evolucionistas defienden que, salvo cuando es provocada por mutaciones genéticas, la evolución es un proceso lento, sin pausas y sin prisas. Sin embargo, los más recientes descubrimientos paleontológicos empiezan a gritarnos al oído, por si de una vez queremos enterarnos, que el registro de fósiles se burla de nuestras expectativas culturales y de nuestras esperanzas psicológicas de explicar la evolución como un continuo desarrollo progresivo. Surgen, pues, nuevas preguntas, pero las respuestas pueden ser viejas. En 1867, el filósofo y poeta norteamericano, Ralph Waldo Emerson escribió sobre el gusano que “luchando por ser hombre/sube por toda clase de forma”. Emerson, en sólo dos versos -otra vez el valor profético de la palabra, la poesía como generadora de pensamiento-, descubre en el subir “por toda clase de forma”, en el hacerse pasar por otro, en la impostura la principal causa de la evolución. Es verdad; las mutaciones genéticas producen evoluciones tan bruscas como la impostura, pero sólo la impostura es a la vez brusca y habitual. La impostura es un componente básico de la vida y por lo tanto, como ella, inevitable e irreversible; no es consecuencia del azar, sino de la necesidad. El ser humano está condenado a ser impostor porque en la impostura, contra lo que pudiera parecer, no es el deseo el que se convierte en necesidad, sino lo contrario: es la necesidad las que se convierte en deseo.

Una vez más, los avances científicos coinciden con las intuiciones recogidas de la experiencia diaria: no se puede vivir sin imposturas, no hay paz sin mentiras. El filósofo Louis Althuser, fallecido en octubre de 1990, vivió sus últimos años en un centro psiquiátrico en el que fue internado después de haber estrangulado a su esposa. Allí, atormentado por una locura provocada por no haber sabido convivir con la mentira, muere en octubre de 1990. En abril de 1992, aparece un relato póstumo del que fuera considerado como el mayor experto en marxismo. En él confiesa que su comprensión de la filosofía marxista es “flaca”. “Yo era tan sólo una existencia de artificios e imposturas”, escribe. “Todos somos unos impostores”, añade. No es el único caso en el que una impostura de largo recorrido acaba siendo reconocida en el último aliento. Rafael Sánchez Ferlosio cuenta en uno de sus artículos periodísticos la historia de un profesor de literatura que había sacrificado toda su vida (y la de su familia) al estudio de la obra de Dante. Llegada la hora de su muerte, reunió a su mujer y a sus hijos en torno al lecho del que ya no habría de levantarse. “Queridos míos no quiero morir sin revelaros un secreto: ¡Me carga el Dante!”, les dijo. Fueron sus últimas palabras.

Hermanos mayores de los ciempiés, desarrollos de gusanos, los hombres y las mujeres tuvimos buenas razones, y ahora lo sabemos con certeza, para comenzar a trepar “por toda forma”. Si a los biólogos se les pidiera que diseñaran el animal ideal para ser utilizado en sus trabajos de laboratorio fabricarían uno muy parecido al caenorabdites, un gusano que es capaz de crecer en una placa Petri, que se conforma con un menú de bacterias, que se reproduce en tres días, que se puede guardar indefinidamente en el congelador y que enseña todas sus interioridades a través de su indiscreta piel transparente. ¿Qué humano no habría huido de esa identidad a través de varias sucesiones de imposturas?

La naturaleza (que nos obliga a ser impostores) ofrece, sin embargo, (quizá por su obsesión de imitar al arte) ejemplos de suplantaciones que muchos seres humanos firmarían como suyas. En octubre de 1995, científicos de la Universidad de Francfort descubrieron una mosca de la especie metopininae con un comportamiento excepcional: vive en medio de colonias de hormigas depredadoras y se hace pasar por sus larvas. El profesor Ulrich Maschwit afirma que estas moscas no tienen alas ni patas ni ojos y que su parecido con las larvas de las hormigas es tan grande que éstas las consideran sus crías y las miman, alimentan y protegen durante toda su vida.

La impostura (considerada de naturaleza divina por los creyentes y como una máscara antigua tras la que se ocultan niños asustados y depredadores insaciables por los ateos) también está ligada a la teología. Ni los dioses ni sus allegados se andan por las ramas, salvo Dafne, en cuestiones de imposturas. Los científicos creen que ahora Dios se hace pasar por geómetra, pero a lo largo de la historia ha tomado la forma de muchas personas, animales, fenómenos naturales e incluso cosas. Zeus, sin ir más lejos, se hizo pasar por lluvia para mojar la cama de Danae. No pontificaremos con más ejemplos, pero de los diferentes tipos de impostura que pudieran ejercitarse, los dioses prefieren, bien lo sabe Ovidio, un género menor y ventajista: la metamorfosis.

“Se torea como se es”, decía Juan Belmonte; también se imposta como se es, aunque parezca una paradoja. Hay quien imposta sólo la voz y hay quien imposta el alma, aunque no la tenga o aunque no sea suya. Se imposta para que te quieran más, para seducir, para nacer nuevo ante nuevos ojos. Se es impostor para acabar con la tiranía de la identidad. Lo urgente en la impostura es huir del temible monopolio, del matrimonio excluyente con un único yo abominable, coherente y fiel. “¿Qué es seguir siendo el mismo”, escribe Rafael Sánchez Ferlosio, “sino esta agotadora circunstancia de ser despertado siempre a la misma hora de la noche, golpeado con las mismas piedras, por los mismos demonios y en las mismas llagas?”

La memoria es consciencia de la muerte. Ser impostor es huir de la propia memoria, del recuerdo de los sucesivos presentes que se van. Para ser impostor es necesario desnacerse para nacer de nuevo; hay que tener el valor de arrojarse al vacío para fabricarse otro yo y confiar en que le crezcan las alas antes de que llegue, de golpe, todo el suelo. Ser impostor es ir contra el automatismo del propio cuerpo, ser extranjero en uno mismo, expresarse en gestos no maternos, manejar como propios los recursos ajenos. Se es impostor porque se aman las multitudes intestinas, porque, como escribió Rubén, “Plural ha sido/la celeste historia de mi corazón”.

Hay millones de ejemplos de impostores que podrían ser llamados a declarar en defensa de la impostura, pero no todos han sido citados. Marino Lejarreta, por ejemplo. El “Junco de Berriz” es, en realidad, un cicloturista que estuvo durante años haciéndose pasar por ciclista profesional. Bambino, el rey de la rumba flamenca, no es solamente el interprete de las mil doscientas canciones de su desgarrado repertorio; en realidad, las ha vivido todas, cada una de ellas.

El 14 de Septiembre de 1987, en plenas ferias y fiestas de Salamanca un hombre de mediana edad fue detenido al intentar colarse en la plaza de toros disfrazado de picador. Aunque al día siguiente, la prensa se mofó de él, no se rindió. Repitió el intento en otras ocasiones y en otras plazas. Un día le salió bien. Hoy, es un varilarguero de cierto renombre, aunque de irregular trayectoria.

Marzo de 1989, Nápoles. Un joven de 24 años es ingresado en una clínica. Acababa de subirse con una moto de gran cilindrada a un escaparate. En el momento de rellenar la ficha médica los médicos descubren que, según los datos, es invidente. Llevaba ocho años, día tras día, haciéndose pasar por ciego para conservar el trabajo en una empresa asociada a la ONCI, la Organización de Ciegos Italianos. Creó escuela: seis años después, en octubre de 1995, una inspección de la Seguridad Social descubrió en Napoles a 808 falsos ciegos, todos ellos en la nómina de la ONCI.

Investigar, catalogar y utilizar los formulismos sociales; he aquí un buen consejo para un futuro impostor. Conocer los protocolos, dominar el culto burgués por las apariencias, jugar con la propensión al mito, despertar los mecanismos psicológicos que se producen en los individuos cuando huelen de cerca el poder, saber tentar con el halago a la vanidad, jugar con las ambiciones y la servidumbre es suficiente para ser un impostor de altos vuelos y de guante blanco. El francés Claude Kazazian, sin necesidad de utilizar falsas acreditaciones ni esconderse tras impresionantes uniformes (el buen impostor rechaza la excesiva parafernalia), ha sabido excavar en la superficialidad de los palacios y en la debilidad de las más sofisticadas medidas de seguridad. Kazazian celebró el cincuentenario del fin de la Segunda Guerra Mundial almorzando en el Elíseo con dos presidentes, cincuenta y tres jefes de estado y ocho ministros. Desde 1981, asiste como presunto invitado al palacio presidencial para conmemorar el 14 de julio, la fiesta nacional francesa. “Soy un personaje al que le cuesta aceptar las cosas establecidas en categorías”, dice. “Me gusta cambiar y ver hasta donde puedo llegar… Cuando en frente tienes a alguien con sentimientos es fácil engañarlo, puedes hacerlo soñar con una frase, con una sonrisa, o con un parpadeo o puede también que él mismo se ponga a soñar sin que tú hagas gran cosa”.

Hay casos de imposturas enriquecidos por la ambigüedad y el misterio. Uno de los más llamativos es el de María Salomé “La Reverte”. Gracias a ella, los cronistas de la época encontraron un nuevo argumento para divirse tajantemente en dos bandos. Para algunos, La Reverte fue un varón llamado Agustín Rodríguez que se hizo pasar por mujer torera durante los últimos años del siglo XIX y primeros del XX. Cuando en 1908 el entonces ministro de la gobernación, señor Cierva, prohíbe a las mujeres actuar en las corridas de toros, la Reverte se despoja de su impostura femenina y torea con su auténtica personalidad, la de Agustín Rodríguez. Según otras crónicas los hechos ocurrieron de forma diferente. En 1908, ante la imposibilidad de poder torear como mujer La Reverte decide hacerse pasar por varón, toma entonces el nombre de Agustín Rodríguez y como tal torea durante algunos años más. Si esta segunda versión fuera la verdadera, se habría dado el caso de que “La Reverte” para convertirse en impostora habría tenido previamente que declararse impostor.

La impostura puede ser un ejercicio de asimilación a lo que uno cree que le deparará el porvenir. En este sentido, el impostor se convierte en un presunto adelantado del yo futuro. Alvaro Cunqueiro cuenta la historia de una criada que dio mucho que hablar en la Bretaña francesa a mediados del siglo XVIII. A los 16 años se alistó como soldado en la Real Artillería y deseó con tanto empeñó hacerse pasar por hombre que le salió un auténtico bigote de sargento de artilleros.

No hay impostor sin espectador: el impostor actúa ante el otro y en el otro; el otro es para el impostor público y escenario. La impostura es un acontecimiento interactivo, el impostor se transforma y provoca transformación. Un gran impostor tiene la virtud de cambiar el mundo de quienes le rodean. Olvidar estos principios puede tirar por tierra la impostura más perfecta. Aquel que se hacía llamar Mister Vacío tenía tanta facilidad para hacerse pasar por el hombre invisible que nadie se daba cuenta ni de su impostura ni de su presencia. Completamente fracasado tuvo que abandonar una impostura que bordaba. Hoy, después de una difícil renuncia y un necesario reciclaje, con el apodo de Mister Medio Lleno, se hace pasar, con bastante más éxito, por el medio hombre invisible.

Con esta forma cobra, además, una pensión por invalidez.

La impostura está relacionada, ya lo hemos dicho, con la naturaleza, con la teología y con la sociología. Sin embargo con nada guarda tan íntima relación como con el arte porque, como en el arte, la esencia de la impostura es la creación; y además,  ninguna otra actividad humana ha aprovechado más al arte que la impostura. Si alguien tuviera la idea de realizar una tesis sobre su importancia en la artes y la paciencia de hacer un listado de los argumentos de novelas, películas, obras de teatro… sustentados en la impostura habría de concluir con que es el tema por antonomasia.

Pero entre todas las artes, la relación más íntima la mantiene con la poesía. “El poeta es un fingidor”, decía Pessoa y en esta frase cabe toda la poesía de la modernidad. Los poetas inventan un yo ficticio que es en realidad quien escribe. En este sentido, todos los poetas son unos impostores, aunque hay algunos más impostores que otros y aunque no todos impostan en el mismo terreno: hay quienes prefieren impostar una buena tuberculosis (o tisis) y quienes prefieren simular una desmedida promiscuidad sexual. Ambas opciones dependen de cómo leyeran, durante la adolescencia, a Gustavo Adolfo Bécquer.

La impostura, como la poesía, es una raíz algebraica que no puede expresarse en términos finitos, sino en forma de ecuación. Cuanto más distancia exista entre A y B, los términos comparados, más atrevida e innovadora será la metáfora. Lo mismo ocurre con la impostura: cuanto menos relación exista entre el ser real y el suplantado, cuanto más largo sea el salto conceptual entre el yo y el impostor más atrevida e innovadora será. Una metáfora y una impostura que unen términos o seres que nunca han estado unidos abren nuevos mundos. Un linier que se hace pasar por árbitro es un pésimo impostor, un paracaidista que se hace pasar por arcángel es un aceptable impostor (aunque aquí habría que tener en cuenta el factor lugar de aterrizaje: no es lo mismo convencer de la impostura a las monjas de un convento deseoso de milagros que a un ejército enemigo lleno de ateos) y un linier que se hace pasar por arcángel, ese sí es un magnífico impostor. Si la poesía es la construcción de objetos artísticos cuya materia es el lenguaje, la impostura es la creación de objetos artísticos cuya materia son los yoes

En la impostura como en la poesía la finalidad es retrasar la muerte. ¿Qué mejor que ser muchos impostores para que cuando la muerte llegue a identificarnos en la rueda de reconocimiento haya más posibilidades de que no nos reconozca entre tanto sospechoso? Por eso, detrás de todo buen impostor hay un longevo. La poesía, como la impostura, como la dopamina, intensifica la vida, busca el placer y el consuelo ante la muerte.

La impostura, como la poesía, es un medio de conocimiento. Hay veces en las que uno sale en busca de sí mismo y se encuentra a un impostor o viceversa. La noche de San Juan de 1991, un periodista fingió ser un brujo para divertir a los amigos. “Soy brujo”, dijo, “y quien sea quemado en esta hoguera”, había prendido un pequeño fuego en la terraza de su casa, “conocerá la derrota, la enfermedad o la muerte”. Cogió varias revistas de actualidad, recortó algunas fotos y las arrojó al fuego. Allí estaban ardiendo juntos los rostros de Mario Conde, Bush, Rabin, Narcís Serra, San Cristóbal, Vera, De la Rosa, Hernández Mancha, Barrionuevo… Tuvo también la ocurrencia de quemar un billete de 2000 (los llamados marianitos por llevar la firma del entonces director del Banco de España, Mariano Rubio) para provocar el final del capitalismo. Abrió su cartera, extrajo el billete y lo arrojó a la lumbre. Pero…, junto al billete fue a parar al fuego otro papelito al que nadie dio importancia. El periodista observó divertido la caída en desgracia de sus primeros quemados; después comenzó a preocuparse; luego sintió pánico y por fin un fuerte dolor en el pecho. Unos segundos antes de morir comprendió donde había ido a parar aquella foto de carné que desapareció de su cartera.

Hay imposturas que tienen billete de ida y vuelta. En otras, como le ocurrió a Faroni, el protagonista de “Juegos de la edad tardía”, la premiada novela de Luis Landero, el regreso es imposible. Hay quien no vuelve porque no quiere o porque ya no encuentra el camino o porque a fuerza de ser impostor ha dejado de serlo y la personalidad que fue fingida le es ya propia. El gran Faroni, como su casi homónimo el gran Houdini, no puede (quizá no quiere) librarse de las ataduras de su personaje. Houdini murió por no poder desatarse, a Faroni lo salva Dacio Gil Monroy, el espectador y el escenario donde desarrolla su impostura. Dacio Gil Monroy, impostor, también se salva a sí mismo salvando a Faroni. En el Quijote, la bacía se hizo pasar por yelmo, pero después de acompañar al hidalgo en sus aventuras, para volver a ser bacía, para no ser yelmo, tendría que asumir otra impostura. Ya no era ni bacía ni yelmo, sino baciyelmo. A veces, en la impostura, como en los intercambios moleculares, es imposible saber dónde acaba un componente y dónde empieza otro, dónde acaba el yo y dónde empieza el impostor. ¿Estuvo Flaubert toda una novela haciéndose pasar por Madame Bovary o fue Madame Bovary la que estuvo toda una vida haciéndose pasar por Flaubert?    Muchas veces el impostor no elige la forma de impostura; son otros los que la eligen por él. El 20 de diciembre de 1993, un hombre encuentra al llegar a casa una nota escrita a mano en la que un amigo que está de paso le comunica que según una llamada telefónica ha ganado un premio en un concurso de relatos hiperbreves. El 28 de diciembre acude a recibir el galardón y allí conoce a los miembros de un extraño círculo cultural, convocante del premio, y a otros concursantes. En el acto de entrega recibe una pluma estilográfica y la fotocopia de un cuento en el que se habla de un hombre que se compra una barra de un bar porque está cansado de beber fuera de casa, la monta en su casa, se sitúa a un lado de la barra y pide una cerveza, se va al otro lado y se contesta que si con alcohol o sin alcohol. “Con alcohol, ¡imbécil!”, se dice. “¡Imbécil serás tú! se insulta y… el caso es que al final da un portazo, se marcha a beber a la calle y deja allí al otro con su mierda de negocio. Dos años y medio después, el 1 de marzo de 1996, tras superar  malamente una prueba en la que la que un tribunal le formula más de mil quinientas preguntas sobre el año del hambre, y después de leer un ensayo-divertimento sobre la impostura, nuestro personaje entra a formar parte del extraño circulo. Una vez dentro, por orden del presidente del círculo, realiza algunas extrañas actividades, como escribir una guía telefónica (que, por cierto, nunca vio publicada) del país de los cátaros. La efectividad en la resolución de éste y otros trabajos de parecida índole facilita que poco a poco nuestro hombre ascienda progresivamente de grado. Pasan diez años y…, éste es el final de la historia contada por él mismo: “Por mis propios méritos he sido nombrado presidente. Los setenta y cinco millones de afiliados al Círculo Cultural Faroni me tratan de vuecencia. Tengo una renta de quince mil dólares, casas en todas las islas del mundo y una flota de aviones alineados por orden alfabético en quince aeropuertos propiedad de la organización; pero yo nunca viajo en avión. Sirvientes de todas las razas me respetan y me temen, y una mujer encantadora viene a mí por las noches sin que yo tan siquiera conozca su nombre. Y a pesar de todo, ahora, como el primer día y como siempre, vivo en la más absoluta ignorancia, y si alguien me preguntara cuál es el sentido de nuestra organización, yo no sabría que responderle. A lo más me limitaría a contar un cuento de un hombre que hablaba consigo mismo en los dos lados de una barra de bar y que después de insultarse a sí mismo se marcha a beber a la calle, el argumento del cuento con el que fui premiado, el argumento de un cuento que nunca escribí. Pero sé que nadie me va a preguntar, igual que sé que yo tampoco preguntaré nada a nadie porque hace tiempo que estoy seguro de algo que sospeché desde el primer momento, desde el día ya lejano en el que acudí a recoger el premio: que ninguno de los presentes en aquel acto había escrito ningún cuento, que nadie pertenecía tampoco a aquel círculo cultural. Todos (no había ninguna mujer) habíamos sido convocados a representar un papel. Todos habíamos llegado a casa de madrugada un 20 de diciembre y todos nos habíamos encontrado encima de la mesa notas firmadas por amigos que estaban de paso y que no hemos vuelto a ver. Todas las notas hablaban de una llamada telefónica, de un acto, de un lugar y de una fecha. Mediante aquella nota alguien o algo había elegido para cada uno de nosotros una impostura. Ocho días después, el 28 de diciembre de 1993, al juntarnos en la misma sala, la maquinaría del telar de la impostura se puso en marcha, los hilos comenzaron a entrelazarse hasta tejer una red en la que cada elemento se definía por su posición frente a los demás. Desde aquel preciso instante la impostura, alentada por la necesidad genética, ha seguido su curso natural…  Han pasado los años, vamos envejeciendo lentamente y con nosotros un impostor que sabemos que nos acompañará irremediablemente hasta la muerte (sólo la tumba tiene mayor poder de atracción que la impostura), hasta el preciso momento en que alguna mano cierre nuestros ojos, admirados por haber sido capaces de soportar tanta impostura y profundos por comprender, al fin, que fuera de ella no hay sino la nada. Mientras tanto, sólo nos queda seguir haciendo crecer nuestro personaje, continuar siendo dignos impostores electos, tan impostores y tan electos como el que abajo firma”.

JESUS ALONSO
Miembro  desde 1997 del Círculo Cultural Faroni ocupa el  sillón F mayúscula en la Junta Directiva. Todos los derechos del Círculo Cultural Faroni.

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