La golondrina observó, desde su nido, a la rana brincando de piedra en piedra en la charca y pensó: ¡que suerte! todo el día fresquita en el agua, sin necesidad de batir alas y remontar el vuelo. 

La rana paró de croar y, como leyendo el pensamiento del ave se volvió a mirar a la golondrina y pensó: ¡que afortunada!. Desde el cielo tiene el mundo a sus pies y nadie las molesta. 

En ese momento, apareció un rapaz entre los arbustos que crecían junto a la charca y, con sigilo, se aproximo al batracio, empuñando un tirachinas con aviesas intenciones. La golondrina, alarmada, advirtió a la rana que, inmediatamente se zambulló en el agua. Airado, el niño volvió su arma contra el pájaro que, previsoramente había levantado ya el vuelo alejándose del  peligro. Los dos animales cayeron en la cuenta de que no tenían nada que envidiar el uno al otro.

Jesús Gonzaléz Fernández


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