“Carmen , ¿me quieres?”. Piernas abiertas, corvas blancas, ligas negras, Carmen limpiaba el portal con el  cuplé en los labios a compás de aljofifa. Chirrió el cubo por el ladrillo y empujo a la calle a los niños que jugaban a la tángana.Él, flaco, espíritu de ciprés abrazado al alta, llegaba del sanatorio. De puntillas, por no hollar tamaña pulcritud, le hizo la pregunta: “¿…me quieres?”. La vecindad le dio la mano de bienvenida y corrió a lavársela: “Trae buen color pero no está curado. Lleva el mal dentro”. Él fue a la iglesia, subió las escalera de la torre como un rito, y desde la espadaña de echó al vacío. Los niños sintieron rebotar un muñeco en el suelo y el grito violento les trajo llanto. Roto el cuerpo- el alma lo estaba -, volvió a reptar peldaños hasta alcanzar el campanario. Al acudir al suceso, nadie pudo hacer sino verlo chocar de nuevo contras las piedras. Esta vez, no se levantó. Momentos antes, en el portal, resbalando la mirada por el culo redondo, las corvas blancas, las ligas negras, se atrevió a la pregunta “Carmen, ¿me quieres?. Carmen, entre arrastre de cubo, pasadas de aljofifa y canturreo destemplado, había dicho: “No”.

  Manuel Garrido


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