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El joven Ernesto, empuñando una pistola, se presentó en casa del hombre que lo había arruinado: “No voy a matarle, don Braulio”, dijo, “sino a suicidarme ante usted. Caiga mi sangre sobre su conciencia y, lo que es peor, sobre su magnífica alfombra persa.”

Don Braulio lo disuadió: buenos consejos y una sugerencia: “Si desea quitarse la vida, ¿por qué no lo hace en casa del odioso Cortés?” Y lo convenció con un cheque generoso. “Aunque no lo conozca, la prensa buscará razones y arruinaremos su carrera.”

Pero el odioso Cortés lo contrató para suicidarse en casa del pérfido Suárez, éste le pagó para hacerlo en la de su enemigo Ramírez, y así sucesivamente. Ernesto se retiró veinte suicidios después. “La bondad de los hombres me ha salvado”, solía decir.

Miguel Garrido Pérez

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