Texto original del Ensayo de JUAN DOMINGO SÁNCHEZ ESTOP para la Cátedra del Círculo

“FARONI ES LA BRISA MÁGICA DE UN IDEAL DE ORO”   (Página 209 del libro Juegos de  la Edad Tardía. Luis Landero. 1ª Edición 1989)

 Orígenes, el Padre griego que eligió ser eunuco por Dios y se castró con sus propias piadosas manos, concibió el cielo de modo no menos sádico que la existencia en la tierra La felicidad, siempre término paradójico de un áspero e infinito recorrido, incluso en el cielo resultaba lejana. Para obtenerla, no sólo los placeres de la carne estaban vedados, pues de nuestra materia ya nada queda en el paraíso, mas los propios gozos del alma dependían de una terrible condición constantemente reimpuesta a quien se creía en su ingenuidad de criatura próximo a ellos: en la contemplación de Dios existen grados, para subir de uno a otro, el aspirante a la plenitud de la gloria celestial debía dar cuenta ante un tribunal de ángeles de sus méritos, demostrar sus conocimientos sobre Dios, pasando una oposición. La burocracia bizantina subía así a los cielos remedando en ellos las cutres mediaciones de la tierra. La oposición, aquello que a nuestro deseo, nuestro afán, se opone es siempre obstáculo salvable, pero infinito, pues !cuántas oposiciones no hay que superar para ser reconocido!

Faroni nos promete lo contrario de lo que Orígenes nos impone, nos invita a jugar de farol y a gozar de lo que en esa peligrosa jugada en que nos va la vida siempre hemos ganado, la condición de jugador. Lo que nos cura del afán es el ánimo de tomarse la vida como un juego, y el juego mismo como un juego: Faroni es el gran farol.

Nadie se escandalice y considere que estamos atropellando todo principio moral. En un mundo agobiante donde poco espacio se concede a la magia y nulo que no sea a la especulación financiera, donde entre las cacerolas sólo se encuentra mugre y no ya a Dios, necesitamos que, envueltos en una brisa ligera, como los dioses cuando a los hombres se acercaban, vengan a nosotros los fantasmas del ideal difunto. Oficio este sin duda delicado, necesario no obstante pues ya sólo la más clara conciencia lúdica puede deshacer la gigantesca telaraña en que nuestro existir se halla preso: trabajos forzados, anhelos marchitos, amores que en la mediocridad se consumen como flores de sala de espera de dentista… Jugar y ganar o perder, y nunca jugar a ganar… ni a perder quizá, aunque esta posibilidad trágica no puede ser sin más despreciada. Este universo de quien, no habiendo elegido nunca, habiéndose dejado llevar por un fatalismo inexorable, un día se despierta y viendo el sol a través de una persiana se dice: yo también brillo con luz propia. Y ese día, ese amanecer, ha comprendido lo que es ser y se ha atrevido a ver en el amor algo más que la eterna ausencia, aquello para lo cual siempre ha de ganarse una infinita oposición.

El gozo inmediato, la conciencia de que lo más alto en la vida es el juego y en el juego el farol. Ha llegado el momento de hacer una apología del denostado farol ¿Por qué nos hemos de privar de él? ¿Por qué una moral estrecha no nos permite jugar absolutamente?, jugar sin límite, jugar y jugárnoslo todo a la misma carta varias veces, porque para eso tenemos las mangas llenas de ases. Por farol entendemos esa afirmación incondicional de la propia jugada como la mejor, de la propia apuesta como la que no puede sino ganar. Farol el de Don Quijote, farol el de Lope de Aguirre fundando un Imperio entre los monos, farol el de Gregorio Olías haciéndose Faroni.

El farol es una dimensión básica de toda realidad social, es el cemento de las relaciones entre individuos. ¿Qué es una sociedad sino una red de ilusiones?. ¿Que duraría nuestra propia humanidad, si los simios que somos dejaran de jugar de farol, y por ende de hacerse el hombre?. Como un castillo de naipes todo se derrumbaría y a los brillos de la civilización sucederían los clamores horrísonos de las áridas estepas donde los homínidos nacieron. El hombre es una bestia que se hace el ángel y con ello se libera de su condición de bestia, pues la bestia, mientras lo es, es incapaz de jugar, de hacer de su existencia un papel dramático. Tal es la magia de Faroni, tal el ideal de oro que nos propone.

Faroni es la apuesta por lo que se quiere al margen de cualquier tipo de condiciones, y preferentemente cuando ninguna condición está dada, la posibilidad de que el mísero empleado con guardapolvos azul que todos nosotros somos de algún modo pueda convertirse merced no a un hada como Cenicienta, sino a un amigo salido de la nada, cuya suerte es tan triste como la suya, en un Don Quijote de los tiempos postmodernos. No es digno del espíritu de Faroni quien se pregunte qué es posible. Ese permanecerá encerrado en el círculo infernal de los condicionamientos, de las realidades, sin poder en ningún momento afirmar con otros su realidad propia, esto es, la menos sospechada. Hay que hacerse cargo del gran alcance metafísico del ideal faroniano. Imaginemos a Dios en su infinito rincón, con su inconmensurable guardapolvos azul que llamamos cielo. Cuál no sería su tedio en ese gran almacén de la nada que tenía que vigilar eternamente. Imaginemos que a un mono le llama hombre, le dice que lo ha creado a su imagen y semejanza y se encuentra un interlocutor, alguien que lo llame Dios, creador, etc. Sólo en el momento en que alguien lo denomina así es Dios verdaderamente Dios, sólo en ese momento puede empezar la historia de nuestra especie como un gran diálogo con el creador. Un mono se ha confundido, y ha tomado al señor del guardapolvos azul por el Señor: este equívoco será la salvación de ambos. !Qué infinito y eterno tedio si no!.

Sólo con vosotros y por vosotros, amigos, la fiesta no decaerá ni caerá mugriento el telón sobre todos nosotros, ni el universo se hundirá.

JUAN DOMINGO SÁNCHEZ ESTOP
Miembro Honorífico del Círculo Cultural Faroni desde 1996  Todos los derechos del Círculo Cultural Faroni. 
 

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