Es la hora de la merienda. Sus zapatos son de charol rojo. Sus calcetines, caídos,tienen espigas clavadas y su rodilla derecha una mancha de mercromina. La niña lleva levantado el vestido. Lo sostiene con sus manitas haciendo con él una cesta. A pasitos cortos, camina desde su casa hacia la caseta del jardín. Abre, con el pie, la puerta. De la oscuridad del cuarto, llega primero su nauseabundo olor. Después el sonido de su inmenso cuerpo deslizándose torpemente. Se acerca. Su enorme lengua lame la rodilla herida de la niña y se detiene frente al triángulo blanco de entre sus piernas. La niña sonríe. Sus deditos se abren y el contenido del vestido cae en la boca de la bestia, que con un brusco latigazo de su poderoso cuello lo engulle sin masticar. Arrastrándose, regresa a su oscuro rincón.

-Es la cabeza de papá. Mañana, te traeré más.

La niña cierra, por dentro, la puerta. Se limpia las manos en el vestidito y perezosamente se acurruca juntos al hinchado vientre de su amigo. Afueran cantan las cigarras. Es la hora de la merienda.

Javier Cardo Pérez.


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