“Gus es mi socio por mil razones, y ahora tengo que matarlo por una sola”.

Farney entró en su apartamento y no encendió la luz. La claridad de la ventana era suficiente para hacer una llamada. Marcó y recordó las palabras de Sam:

“Ese chico no aprende, Farney. Nos ha dicho que fuiste tú quien denunció la mercancía. Tómate tu tiempo, pero demuéstranos que podemos confiar en ti”.

El zumbido del aparato era la respuesta que menos quería oír. Si Gus no estaba en su agujero, no veía la forma de localizarlo: “Contesta, Gus, maldita sea. Quiero darte una oportunidad”.

Se sirvió un trago y volvió a marcar. Del rincón más oscuro vino un ruido; Farney intentó encender la luz, pero un chasquido seco y un fogonazo lo dejaron clavado en la tumbona. Tenía el pecho partido por una bala.

Agonizando, la voz de Gus le retumbó en la cabeza:

– Esta tarde he limpiado a Sam, y a cambio de la deuda me ha propuesto salvarme la vida. Entonces me contó que seguramente pensabas liquidarme. Ya sé que nuestro acuerdo sobre traición se resolvía con la muerte, pero nos falto añadir que, muerte por muerte, es preferible la del otro.

Joaquín Lara Rodríguez


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